jueves, 19 de enero de 2017

Las dos caras de la despedida

Te quise, y hablo en pasado.
Tus besos eran balas
y yo un suicida en busca de lo tóxico.
De lo dañino.

A las cadenas que me ataban a ti
les cosí alas para que se llevaran todo el peso
que dejaste,
aunque este maldito hueco no pueda llenarlo
ni sustituirlo.
Hay vacíos que jamás se llenan,
así como también hay amores destructivos que los recuerdas y, de pronto, tu mundo se vuelve a hacer añicos por el aire.

Ojalá fuera tuyo mi recuerdo
y mío tu olvido.
Que me recordaras hasta querer quemarme
y que te olvidara hasta que te doliera mi ausencia.
Que recordaras las veces en las que te seguí queriendo
cuando en mis manos llevo las balas que detuve cuando fuiste revólver.

Me arrastraste a ti,
teniendo sonrisa de huracán,
dejé que las cosas siguieran su curso:
en este caso, predecible.
El huracán siempre,
siempre,
pero siempre,
hace daño.

Me hiciste tiritar de frío
mientras yo te hice temblar ante mi carta de despedida,
en la que te escribía lo profundo que llegaste a calarme
y que a pesar de ello te seguí pensando años después.

Ojalá me olvides para así ser libre,
soltarme de tu mano,
del fantasma que quedó arraigado a mi piel,
el sótano donde sonrío mientras tú miras otro horizonte.

Todo termina mal:
uno en lágrimas
y quien se va, el único que puede detenerlas.

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