miércoles, 14 de junio de 2017

El ayer es un lugar, o una persona

No es que quiera escribir triste,
es que algunos recuerdos aún 
me sonríen cuando vuelvo la vista atrás.

Y ahí, dentro de ellos, 
se encuentra ella.
Con su pelo mojado
tras una tormenta 
que derribó la muralla que habíamos construido
para cuando estuviéramos tristes,
echándonos de menos,
porque sabíamos que algún día
estaríamos lejos,
ya sea de tiempo
o de kilómetros. 

Entonces me toma de la mano
y ese pequeño detalle edifica un mundo.
La llevo a ver películas
a donde las estrellas van a parar
cuando se dan por rendidas
y su inmortal luz
se convierte en una instantánea.
Un luz que se la traga el pestañeo.

La música se enciende
y sus pupilas se asemejan a dos planetas
que han estado perdidos en la negrura
y frialdad del inmenso universo.

No puedo con esto,
siento que el corazón me va a estallar.

Y estalló antes de decirlo.
Algunas cosas se rompen antes de darnos cuenta
y eso, ella no lo sabía.

Pero entonces, también se escuchó otro estruendo,
uno más fuerte del que ella causó cuando se rompió,
y fue mi alma fragmentada en mil pedazos
esparcidos por lo que llamaba vida.

Y desde entonces
vuelco mi mundo
y la vista atrás,
cuando siento que los miedos,
los monstruos
y los fantasmas
tocan la puerta.
Una puerta que siempre ha estado abierta,
hacia el mismo camino donde ella
sonríe al alba.

viernes, 27 de enero de 2017

El Club de Chicas Tristes



Es una chica en llamas,
arde desde los cimientos,
lleva enredados en su pelo los precipicios en los que ha caído
y se ha enamorado como una idiota.

Pisa fuerte el acelerador
cuando ve que está a punto de estrellarse
con una boca que la invita a una noche
de copas y besos a media luna.

No hay más mundo que el que arde en sus ojos.
En invierno se pone triste al ver la fotografía donde abraza a su padre
y su madre le dice que deje ir lo que hace tiempo dejó de cantarle una canción de cuna.

No olvida la traición,
la puñalada,
el empujón al abismo;
aprendió a no confiar en nadie,
por eso se convirtió en piedra,
una piedra que ni quema
ni congela,
pero que cuando menos te lo esperas,
llega a una temperatura tan alta
o tan baja
que ni siquiera el infierno
ni el mismo paraíso se llega a comparar con tal intensidad.

Es la chica de las fuertes intensidades:
ama,
ríe,
besa,
llora,
folla,
abraza.
FUERTE.
Tan fuerte que llega a tal punto de romperse.
De consumirse.

Sueña con algún día dormirse en un hombro,
mientras mira en retrospectiva
y se da cuenta de que nadie supo esperarla,
que nadie permaneció,
que nadie dejó ir trenes por si ella llegaba,
que todos se fueron tras conocer su invierno.

Es pájaro por las mañanas
y cuervo por las noches.
Te lleva a tocar las nubes
-a jugar con ellas-
y te enseña a mirar con sus ojos,
porque los tuyos ya te los ha sacado.

Pobre de aquel que llegue a enamorarse de una chica como ella,
porque tendrá que renunciar hasta a sí mismo
por no dejar de ser de ella.

Pertenece a El Club de Chicas Tristes,
es preciosa,
joder,
tan preciosa que llegué a enamorarme de ella.

jueves, 19 de enero de 2017

Cielo



Hola. He vuelto a enamorarme de la rutina. Del vicio que lleva entre comillas tu nombre. Esto me parece ya un cuento de demonios que nunca encontraron su lugar en el infierno, porque nadie le pregunta a quien ha herido si a quien ha lastimado ha lanzado, no la primera piedra, pero sí la primera granada.
Que
lo
detonó
todo.

Perdón, ya sabes que por las noches me vuelvo nostálgico y echo de menos todas las cosas que he perdido a lo largo de mi vida. Y hablo también de personas, lugares, sensaciones, sentimientos, emociones, momentos. Porque también se pierden para siempre los instantes. Como todo lo que comienza, también, algún día, te deja los folios en blanco y rotos en mil pedazos.

Me encuentro escribiéndote desde el punto en el que me dejaste. A quien quiero engañar diciendo que te he superado, que ya eres parte de mi pasado. Si aún me brillan los ojos como estrellas cuando alguien pronuncia fugazmente tu nombre.
Cielo, solamente quiero que sepas que eres preciosa, con cada punto fracturado, con cada defecto mal estructurado. Te amo.

Edifícame.
Rompe mis miedos.
Mis vasos.
Mis lunas.
Mis estrellas.
Pero no me rompas a mí. Sabes muy bien que de eso: de cuando alguien a quien quieres hasta gastar hasta la última fuerza, te decepciona a tal punto que tus tímpanos se rompen al escuchar todos los portazos al unísono contra ti.

Ven. Tengo miedo.
Haz de este cobarde, el mayor valiente que ha visto el mundo arder. Resurgir desde el llanto más terrible y doloroso de escuchar. Rasgúñame la vida, pero cicatriza de una vez por todas. Estoy cansado.
Cansado.
Cansado de ver cómo pasa el tiempo y tú no vienes a mí.
Cansado de siempre tocarte la puerta y que sólo haya un ramo de excusas.
Cansado de tumbarme viendo al techo, imaginando todas las historias que pudimos algún día contar a los demás.

Ojalá, algún día, cielo, vuelvas a lloverme.
Y yo salga a bailar.

Eres tú quien escribe

Si necesitas llorar, llora. No retengas todo ese océano dentro. Respira profundo y encuentra en el fondo las razones por las que seguir intentando salir de Roma. No todos merecen ser recuerdos, algunos merecen ser algo más que fantasmas que el tiempo barre a su ritmo y se los lleva al rincón empolvado del universo.

Quiero dedicar estas palabras a aquellos seres que no encuentran su lugar en el mundo, que ni siquiera un abrazo logra sacudirles la nieve, el frío y la soledad que llevan en el borde de su vida. Quiero decirte que, en el momento en el que te paras frente a la ventana a mirar la lejanía, alguien al otro lado del mundo, también piensa que eres hermoso. Hermoso a tu medida, complexión y sonrisa.

No eres del todo oscuridad, como la luna no es todo el tiempo luz. A veces se oculta, no queda rastro de dónde estuvo las noches anteriores, ¿dónde está? ¿en quién piensa cuando el cielo la echa de menos?
Incluso en los malos días, sale el sol. Así que no te detengas, sigue el ritmo de las cosas que carecen de sentido, construye un hogar en el hoyuelo de la sonrisa que te compone los días.

Sé velocidad, peligro y salvación, pero no te mueras jamás mientras la canción siga sonando de fondo.

Me pregunto, cuántas veces tuve que huir de un funeral, cuántas veces me venció el dolor cuando estaba en una lucha inmortal conmigo mismo, cuántas veces el atardecer me sonrió a distancia mientras yo no dejaba de contemplar el desastre en el que fui feliz, cuántas veces tuve que tirar la misma piedra para que tropezara una sola persona en mi camino y que, a raíz de ello, surgieran destellos de luz; cuántas veces tuve que soltar una mano para quererme, porque, de lo contrario, aferrarme hubiese significado ser consciente de las puñaladas.

Hoy veo en retrospectiva y me doy cuenta de que muchas personas nunca estuvieron, que se limitaron a seguir mi baile, pero jamás bailaron conmigo, sólo me miraron desde la banca de los corazones rotos. Pobres de aquellos, me digo a mí mismo, permanecieron para no hacerme daño y terminaron sangrando a través de mis heridas.

Agradecer a todos aquellos que me vieron incendiarme mientras otros dormían, a aquellos que me vieron sangrar mientras otros dormían, a aquellos que abrazaron cada parte descompuesta para encontrarle un sentido, una forma y un motivo para sonreír, mientras otros dormían.

Si necesitas reír, ríe. Qué importa si te hicieron daño en el pasado, ahora aquel es un lugar muerto del que no puede florecer ninguna rosa. Ríe como un loco, como un demente que ha encontrado el secreto para ser feliz, como un irreversible maniaco que busca con urgencia viajar por el mundo y descubrir nuevas experiencias.

Sal, corre desnudo a media noche, desvístete los remordimientos y odios, córrete en la boca de aquellos que hablan serpientes de ti, folla en la cocina, en el sofá, en el jardín, pero no te pongas triste por personas que no puedes cambiar. Es tu libro, tu historia, tus personajes, tus puntos, tus comas, tus páginas. Eres tú quien escribe. Y yo te recomiendo que escribas una historia que nunca nadie pueda pasar a la pantalla grande, porque es demasiado. Demasiado real e indestructiblemente tú.

Tren tras tren

Me duelen los sentimientos de tanto pensarte,
imagínate cómo me duele el corazón de tanto sentirte.
Me convertí en esa piedra que se interpuso en tu camino
para que abrieras los ojos y miraras más que dureza,
un montón de cosas raras e inexplicables que te gustaran
y que amaras tenerlas a tu lado.

Dicen que después de un tren viene otro,
lo mismo con las personas:
una tras otra tras otra tras otra
y no sabes con qué fuerza te arrollara la siguiente.
Pero el mundo necesita más gente valiente,
que no se ponga tantas corazas,
que se dé cuenta de cuán guapa es sin miedos
y que las inseguridades vayan directo al basurero.

Que ría a mitad de un orgasmo
y que se deshaga del peso que lleva en los hombros.
Que ame hasta estremecer cada partícula del universo,
que corra desnuda por el mar a media noche,
que se desvista por dentro y que brille,
que sea el sol de las noches,
las manos calientes del invierno.

No podemos elegir el atardecer en el que vamos a darnos por vencidos,
pero tú sigue, adelante, con la vista bien puesta sobre las estrellas,
no vale la pena tirar por el borde lo que tantas tormentas te ha costado enfrentar.
Mi pequeño guerrero, mi eterno compañero de batalla:
Quiero decirte que, esta tormenta, esta turbulencia y este naufragio, lo enfrentaremos juntos.

Las dos caras de la despedida

Te quise, y hablo en pasado.
Tus besos eran balas
y yo un suicida en busca de lo tóxico.
De lo dañino.

A las cadenas que me ataban a ti
les cosí alas para que se llevaran todo el peso
que dejaste,
aunque este maldito hueco no pueda llenarlo
ni sustituirlo.
Hay vacíos que jamás se llenan,
así como también hay amores destructivos que los recuerdas y, de pronto, tu mundo se vuelve a hacer añicos por el aire.

Ojalá fuera tuyo mi recuerdo
y mío tu olvido.
Que me recordaras hasta querer quemarme
y que te olvidara hasta que te doliera mi ausencia.
Que recordaras las veces en las que te seguí queriendo
cuando en mis manos llevo las balas que detuve cuando fuiste revólver.

Me arrastraste a ti,
teniendo sonrisa de huracán,
dejé que las cosas siguieran su curso:
en este caso, predecible.
El huracán siempre,
siempre,
pero siempre,
hace daño.

Me hiciste tiritar de frío
mientras yo te hice temblar ante mi carta de despedida,
en la que te escribía lo profundo que llegaste a calarme
y que a pesar de ello te seguí pensando años después.

Ojalá me olvides para así ser libre,
soltarme de tu mano,
del fantasma que quedó arraigado a mi piel,
el sótano donde sonrío mientras tú miras otro horizonte.

Todo termina mal:
uno en lágrimas
y quien se va, el único que puede detenerlas.

Amor es aceptación, no adaptación

Que te quiera sin filtros,
con los dientes chuecos,
con la mirada perdida
y el pelo hecho un desastre.

Que te quiera recién despierta,
cuando estás insoportable,
cuando las ilusiones mueran para ti
y las estrellas sigan el mismo camino.

Que te quiera cuando seas Sol
y ardas
y quemes a cuantos te rodeen:
que entienda que eres caótica e infernal
y que aún así, siendo huracán e infierno,
se quede
para besarte las costillas,
los lagrimales,
la vida.

Que te quiera con tacones y con vans,
con vestido y con el deportivo,
con ropa y vulnerable,
sin miedos y con valentía.
Que sepa que para entrar a chicas como tú
se necesita despedirse de la cobardía.

Que te quiera en tus peores momentos,
que esté ahí para pelear contigo
y que pelee por ti cuando no tienes ánimo.

Que haga amanecer cuando quieres que el día termine
y quieres poner tu cabeza sobre su pecho
y encontrarte en cada latido
y comprobar que aún no estás muerta.