domingo, 4 de diciembre de 2016

Luna

Unos venimos. Otros vamos.

La vida es un constante ir a no sé quién y huir desde no sé dónde. Que nos arropen las esperanzas antes de que venga el frío de las desilusiones a llenarlas de escarcha en los bordes.

Quedarse a esperar al otro, aun sabiendo que nos quedaremos solos al final de la canción. Que hará tormenta fuera y que nadie estará para abrazarnos. Para limpiarnos el parabrisas cuando lloramos y no tenemos cómo prender las luces de emergencia. Para quitarnos los ojos tristes ni para poner la mirada perdida en su lugar.

Es que, un día, sin previo aviso, termina pasando lo que un día temimos que pasara. Y ahí vamos a desencadenar los fantasmas que teníamos atados al pasado, y vuelven a volar alrededor nuestro, recordándonos que, tarde o temprano, caemos de nuevo al abismo. A un vicio tan dañino e indestructible, como lo es la soledad.

A cierta distancia, el amor, resulta ser otro. Alguien que, en lugar de contarnos las estrellas, prefiera contarnos los defectos que nos adornan el cuerpo, que haga constelaciones con nuestros sentimientos porque nosotros ya no podemos cómo organizar ni siquiera nuestros pensamientos. Que entienda que somos un caso perdido y que, aún así, quiera arreglarnos.

El amor es entender que habrá más días grises en la habitación, que días en los que mirar la tormenta por la ventana. Y que nos ame y no nos desarme con el disparo fatal al que llaman olvido.

No sé, pero a mí la vida siempre me ha parecido la resaca del día de después, la piedra con la que tropiezas por inercia, la ola utópica que te arrastra hasta sumergirte en el océano, el cataclismo que te cambia.

Y veo venir, entonces, al precipicio del que me enamoré: de sus extremos, su profundidad, su clima. Y esta vez creo que estaré para siempre en una constante caída.

Allí me encontraba yo, de frente, mirándole directo a los ojos, a ese pozo oscuro y dañino desde donde vi cómo la luna llena, poco a poco, va convirtiéndose en una terrible y total oscuridad, pero también cómo desde esa nada se convierte en un diamante en el cielo.

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