Hoy he vuelto a la rutina, que es echarte de menos.
Una
suave brisa rozó mi rostro y me sacó un escalofrío muy parecido al de
esa canción que tanto me recuerda a ti.
Porque,
¿qué canción quisiese olvidarse de tu voz cuando las tarareabas como si
fuesen tuyas? Las abrazabas, y las componías como rompiéndose en sus
hombros favoritos.
El amor, a veces, camina cuesta abajo.
Con los párpados caídos y con unas ojeras que dicen que la noche anterior mojó la almohada de tanto mar.
Con los párpados caídos y con unas ojeras que dicen que la noche anterior mojó la almohada de tanto mar.
Parece que fue ayer donde me derretía en tus manos. Porque era un maldito iceberg.
Antes
de dormir se me hace inevitable no acariciar tu silueta del lado
izquierdo de la cama. Te busco con urgencia en cada otoño. Y me ahogo al
naufragar por tus costas.
Nieva fuerte allá afuera y mi corazón se está congelando nuevamente.
Cómo
te atreves a preguntarme si tengo miedos, cuando sabes de memoria que
tengo de sobra. Y toda esa mierda.
Y
me entra claustrofobia cuando me dicen que huya lejos. Y no sé hacerlo
sino hacia adentro. Hacia donde no hay salidas de emergencia, ni
ventilación, ni luna que alumbre. Sólo faros de focos descompuestos.
No he podido domar a los leones de Cibeles, ni he podido derribar estas malditas inseguridades. Supongo que
por eso te fuiste, porque a nadie le gustaría estar con alguien tan
inseguro de sí mismo, que se encierra en su mundo, que tiene sueños
raros que no comparte con nadie, porque con nadie tiene cosas en común.
De niño quise quemar el mundo
con música, olvidarme hasta de mi existencia, bailar con la soledad y
escribir canciones tristes, porque fui incapaz de hablar de lo feliz que
serían las circunstancias si no me hubiesen conocido.
Y tú sonreías más seguido antes de mí.
Hazlo, maldice haberte topado con un desastre como el mío, que yo nunca me arrepentiré de haberte conocido.
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