La
vida es música, son notas musicales concordes a los momentos, tiene sus bajas y
sus altas. El adiós para siempre de un amor, la muerte de un ser querido, la
decepción de un amigo: es una canción triste y melancólica. El primer “hola” al
primer amor, el nacimiento de un hijo, ver a nuestra madre sonreír, la
realización de un sueño: es una canción alegre y movida. Momentos en que
deseamos subir el volumen, porque queremos que duren para siempre; otras veces
lo bajamos, porque queremos que duren sólo esos tres minutos. La vida es la
canción más larga y el final depende de cómo lo escribamos, porque nosotros
somos los escritores de esta gran y hermosa canción. Cantemos la felicidad,
cantemos la tristeza, cantemos los sueños, cantemos la paz, cantemos el amor y,
sobre todo, cantemos la vida y todo lo que de ella provenga. Nosotros somos los
versos y ella es la voz. La vida es una canción, como tal, nos equivocamos en
la letra y preferimos escribir una mejor, una mejor que la anterior.
Olvidémonos del ayer, del hoy, del mañana, olvidémonos de todo y de todos, y
que la única sinfonía que se escuche sea la de nuestro corazón latir. Bailemos
alrededor de los problemas, bailemos
alrededor de todo lo que nos hace daño y nos quita la sonrisa, bailemos hasta
que nuestros pies sangren y cantemos hasta quedar afónicos, en señal de estar
viviendo y no sólo respirando. La vida pone la música y nosotros nuestros
mejores pasos. Ella no se detendrá ni por ti, ni por mí, ni por nadie. Ella no
sabe lo que es tener el botón stop, ni repeat, sólo conoce el play. Seguirá
reproduciéndose, incluso después de la muerte. No nos quedemos sentados viendo
cómo pasan los segundos, hagamos de nuestra vida la mayor obra de arte.
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